La Identidad del Creyente

leeenda

El tema de la identidad es uno de los más discutidos a través de la historia de la humanidad. Desde teólogos, filósofos, hasta psicólogos; todos andan en busca de una respuesta para esa complicada pregunta—¿Quién soy yo? Sin embargo, la ambigüedad de este concepto hace de esa interrogante una muy difícil de contestar.

Una explicación general podría ser que la identidad es todo aquello que nos define como individuos o grupos; desde nuestro género, nacionalidad, cultura, profesión, religión, entre muchos otros aspectos. Y en un mundo donde existe tanta diversidad—al igual que la plena libertad de escoger nuestro propio camino e ideas—ese “yo” que intentamos descubrir se convierte en un fenómeno en constante metamorfosis. Muchas veces el ser humano se aferra a lo material, posiblemente con el fin de tener algún sentido de pertenencia. Por ejemplo; comprar el último modelo de iPhone, las tenis Jordan más recientes, o quizá ponerle un nuevo abalorio a la pulsera de Pandora, son acontecimientos muy significativos en la vida de muchas personas, ya que les hace sentir que son parte de un grupo “élite” socialmente aceptado. Esta es una idea muy peligrosa, porque si la identidad de una persona estuviese ligada a sus posesiones, entonces dejaría de existir el día que no logre satisfacer esas necesidades superficiales.

Por otro lado, existen personas que se “encuentran a sí mismas” por medio de experiencias cumbres; como yéndose al extranjero por algún tiempo. El conocer otros países y culturas brinda cierto sentido de autorrealización—una meta que tenemos la mayoría de los seres humanos—y el cambio de ambiente a veces sirve para reflexionar sobre distintas situaciones en la vida. No obstante, identificarnos demasiado con otros lugares también puede distorsionar nuestra percepción de quiénes somos y hacia dónde vamos. A través de la Palabra de Dios se presentan varias situaciones en donde los personajes pasan por un proceso de transculturación. El pueblo judío dentro de Egipto, al igual que algunos de los hijos de Judá (Daniel, Ananías, Misael y Azarías) en Babilonia, son algunos de los ejemplos más conocidos. En una de sus conferencias, el apologista Ravi Zacharias utilizó la historia de Daniel para explicar este asunto, describiendo cómo el rey Nabucodonosor pretendía borrar la identidad hebrea de estos jóvenes;

Daniel 1:1-3

Además, el rey le ordenó a Aspenaz, jefe de los oficiales de su corte, que llevara a su presencia a algunos de los israelitas pertenecientes a la familia real y a la nobleza. Debían ser jóvenes apuestos y sin ningún defecto físico, que tuvieran aptitudes para aprender de todo y que actuaran con sensatez; jóvenes sabios y aptos para el servicio en el palacio real, a los cuales Aspenaz debía enseñarles la lengua y la literatura de los babilonios. El rey les asignó raciones diarias de la comida y del vino que se servía en la mesa real. Su preparación habría de durar tres años, después de lo cual entrarían al servicio del rey.

El rey babilónico fue astuto, pues escogió lo mejor de Israel para convertirlo a la cultura de su tierra; por medio de la lengua y la literatura, e incluso dándoles nuevos nombres. Pero había un detalle que Nabucodonosor no podía cambiar en los jóvenes hebreos; su amor y fe por Jehová, el único y verdadero Dios. En otras palabras, a pesar de haber sido arrancados de su tierra natal—de haber recibido nuevas vestiduras, nombres y hasta otra lengua—Daniel y los otros tres varones no perdieron su esencia. Su identidad estaba ligada a su relación con Dios y no al lugar en donde estaban ni a lo que tenían.

No significa que sea malo vivir en otros países u obtener grandes posesiones, pero tal como hizo Daniel, es necesario saber establecer límites y aprender a resistir todo aquello que pueda corromper nuestra relación con el Creador. El joven profeta y sus compañeros no quisieron contaminarse con la comida ni el vino del rey. En cambio, optaron por alimentarse solo de verduras y agua, demostrando así estar más saludables que aquellos que consumían los alimentos de Babilonia. Dios se agradó de su fidelidad, dotando a los jóvenes de toda sabiduría e inteligencia, incluso dándole a Daniel dones del espíritu.

Vivimos en un mundo lleno de diversidad de modas, culturas, creencias, idiomas y razas. Somos la torre de Babel dispersada por toda la tierra. Cada región tiene su magia y esplendor, su folclor y música—elementos que moldean a una nación mucho más que sus leyes y una constitución. Es normal que nos atraiga todo lo extraño, de querer pertenecer a algo nuevo y  diferente. Y todo eso puede ser positivo, siempre y cuando no vaya en contra de la Palabra de Dios y nos desvíe del camino y propósito que Él tiene para nosotros.

1 Tesalonicenses 5:21-23

Sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno,eviten toda clase de mal. Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser—espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Un día todo lo que perciben nuestros sentidos dejará de existir. Las naciones pasarán y lo material desaparecerá junto con el hombre. Solamente el alma permanece eternamente, y es nuestra misión que regrese a su lugar de origen; el Reino de los Cielos. Sabiendo esto, tomemos un momento para recordar que nuestra verdadera identidad sobrepasa todo lo natural y que sólo Dios puede darnos ese sentido de pertenencia que tanto anhelamos. Somos Puertorriqueños, hispanohablantes, latinos y caribeños. Pero sobre todas las cosas, somos criaturas de Dios, y la meta de todos debe ser un día convertirnos en hijos de Él.

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